


Pedro de Alvarado y Contreras (1485-1541) es uno de los personajes claves (para bien y para mal) en la conquista de América y su vida, representa casi como la de ningún otro, el carácter de muchos de los conquistadores.
Los españoles salen de Tenochtitlán la noche del 30 de junio de 1520 pero son atacados al cruzar la ciudad. Sufren numerosas bajas (muchas de ellas son soldados ahogados en los canales bajo el peso del oro) y Alvarado se distingue en el combate en el que salva la vida (realidad o leyenda) al realizar un salto prodigioso entre dos canales ayudándose con su lanza. Alvarado participa posteriormente en la toma y asedio de Tenochtitlán y entra en la ciudad con Cortés el 13 de agosto de 1521.
Su carácter le impide estar asentado por mucho tiempo y pronto decide emprender una expedición a las Molucas pero el virrey Antonio de Mendoza le encarga que antes de partir vaya a sofocar la rebelión de chichimecas y caxcanes en Nueva Galicia (Jalisco actualmente). En esta expedición Alvarado encontrará su muerte. Durante una de las batallas (Nochistlán), algunos soldados a caballo se asustan y emprenden una retirada desordena en la que, literalmente, le atropellan. Alvarado sufre graves heridas y sufre una agonía de varios días que termina con su muerte el día 4 de julio de 1541. El conquistador de Tenochtitlán y superviviente de la Noche Triste, muere en un accidente causado por sus propios soldados.
Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.
En este instante el odio no trabaja
para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño
que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido
por las malas y a veces por las buenas.
¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?
Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.
No me lo digan cuando me despierte.
Mario Benedetti - Hasta mañana
A pesar de llevar cinco años muerto, Joaquín Rodríguez Soto aún recordaba con nitidez el ya lejano día de su nacimiento. Los gritos de su madre, el ir y venir de las mujeres y las palabras de aliento de la comadrona resonaban en su cabeza, y sus ojos todavía se cerraban con fuerza al rememorar el primer destello de luz que hirió sus ojos. Era extraño – pensó. Cosas de un pasado lejano estaban presentes en su cabeza como si hubieran sucedido ayer y; sin embargo, era incapaz de recordar ni una sola de las circunstancias de su muerte. Sonrió. Para sus adentros pensó que su vida - o debía decir su muerte - había sido digna de una comedia absurda. Durante el tiempo que había estado vivo nada había hecho que mereciese ser recordado; mejor dicho, la mayoría de sus actos eran completamente olvidables. Ahora que estaba muerto todos le tenían por un santo. La culpa la tuvo aquella involuntaria aparición ante unos desgraciados que dormían bajo un puente de la autopista. Ya se lo dijo un ocasional compañero de correrías espectrales, “haz lo que quieras, pero no te aparezcas donde haya gente, que el mundo está al revés y nunca sabes por dónde te van a salir”.